jueves, 11 de agosto de 2011

Reto No.1: Decidir la ubicación de la madriguera


Pongámonos en situación: capital europea (y de Europa), semidesconocida (apenas media docena de visitas, con el tiempo no siempre suficiente para volver al aeropuerto sin riesgo de perder el avión), lluviosa, fría y gris. Viniendo de donde vengo, y donde vivo, no debería notar la diferencia más allá del termómetro. Incluso descubro con sorpresa que ocupa la tercera parte y viven la mitad de almas que aquí.


Hay quien solamente necesita cuatro paredes y un techo para habitar. Nunca entenderé, y he de decir que hasta cierto punto envidio, la capacidad que tienen algunos de permanecer por tiempo indefinido sin cortinas, lámparas o un felpudo que les reciba a diario al volver de trabajar. Admito tener unos niveles de exigencia ligeramente superiores porque, además de lo funcional, el lugar debe cumplir unos requisitos estéticos modestos pero imprescindibles. Para entendernos, además de paredes, techo, calefacción, tiendas, transporte público y accesibilidad adecuada, tiene que molar.

Por otra parte, cuando el sentido de la orientación te sale a devolver y careces de toda capacidad para imaginar en 3D (eso que está tan de moda ahora y que todavía no he probado) lo que te presentan como plano, la ardua tarea de encontrar donde vivir se complica hasta el infinito. Añadamos el agravante de período vacacional y que el casero debe ser un amante de los animales, y se aproximará a una misión imposible.





Superado el momento de pánico provocado por no recibir ninguna respuesta, la siguiente situación más temida es la frase "no pets". Da igual cuántos sorry le pongan delante o detrás, lo polite que parezca el interlocutor o lo peregrino de la excusa, la cruda realidad es que la tolerancia ejemplar con los compañeros peludos al norte de los Pirineos no está resultando como preveía. Han llegado a decirme que el apartamento no es adecuado para un perro porque se encuentra en la segunda planta, ¡a mí, que vivo en un sexto! Cousas veredes....





Llegados a este punto, soy consciente de que alguno se está preguntando por qué me complico la vida y no busco alternativa para no llevar a Musa. También sé que muchos otros lo entienden, entre ellos quienes le han ofrecido acogida, que ambas agradecemos hasta el infinito,  pero que hemos rechazado por un cúmulo de motivos, a saber:

  • Todos ellos tienen, como mínimo, perro propio. Como sabiamente dijo en una ocasión nuestro veterinario de cabecera (y como se dice de los hijos, creo) uno más uno no son dos. Y añado, dependiendo del caso pueden ser una docena.
  • Un par de días vale, una semana ya empieza a parecerme mucho, pero tres meses sería abusar de confianza y de buena voluntad ;-)
  • La guardería no es una opción en este caso.
  • Once años y ciertos síntomas de llamémosle despiste, hacen que separarme de Musa sea algo que cada vez me apetece menos.


Además, Musa vive conmigo y yo con ella, así que nos vamos juntas y punto.





Afortunadamente, empiezan a asomar opciones suficientes, que permiten rechazar a los que dicen que sí con la boca pequeña o con un montón de condiciones de difícil cumplimiento. Vamos a ver señora, es un perro, ¿cómo le voy a asegurar que no ladre cuando yo no estoy?


Ahora sólo queda decidir la ubicación, ahí es nada....



miércoles, 10 de agosto de 2011

Nunca es buen momento


¿Quién no ha utilizado alguna vez aquello de "no es buen momento" para justificar la pereza y la falta de decisión, o para aliviar la frustración ante el fracaso de algún proyecto? La que escribe reconoce sin pudor haberlo hecho en repetidas ocasiones, y no descarto echar mano del recurso en el futuro, si se tercia.

Corría el mes de marzo cuando por casualidad, o no, cayó en mis manos una interesante convocatoria relacionada con el trabajo que desempeño y que, contra todo pronóstico, hace una larga temporada que me aburre mortalmente. Disposición y oportunidad coincidían en el tiempo, podría decirse que era buen momento. Por suerte, por desgracia o quizá porque en realidad no era buen momento, el proyecto fracasó.
Pese a todo, para no desperdiciar el trabajo ya hecho y, por qué no admitirlo, por prurito profesional, decidí insistir, aunque sin demasiado convencimiento. Me pregunto si ése será precisamente el secreto: no desearlo con mucha ansia para que ocurra......

Ahora no es buen momento, pero sigue siendo una oportunidad para ver mundo, aprender y salir del estancamiento que empieza a asfixiarme. Tal día como hoy dentro de un mes será sábado y estaremos colonizando nuestro hogar provisional en tierra belga, al que abriremos una ventana desde aquí. Será un largo, y me atrevo a pronosticar que gris, otoño.


De acuerdo en que el título puede no resultar un alarde de imaginación, pero tras unas cuantas vueltas, he de admitir que no demasiadas, parece que encaja razonablemente bien con las (escasas) pretensiones de la historia. Siempre me han caído simpáticas estas verduritas por menudas y saltarinas, pero sin embargo contundentes. Además, suelen ser un plato invernal.

Así pues, serviremos desde Bruselas historias intrascendentes, rincones con encanto, largos paseos y otros descubrimientos, mientras practicamos nuestro escaso francés. Hasta entonces, quien quiera acompañarnos en los preparativos será bien recibido.



Bendita tecnología y larga vida a internet, que acorta tiempos y distancias.