Mis compañeros de trabajo opinan que ya estoy muy integrada, con mi perro, mi coche y mi manta para el sofá, pero lo cierto es que aún me siento un poco de provincias cuando tengo que salir a alguna parte. Tampoco es que tenga complejos, pero me encuentro muy limitada cuando alguien se dirige a mí y sólo puedo responder tartamudeando que je ne comprends pas. Lo que más rabia me da es que luego, con calma y en solitario, casi sería capaz de construir una frase correcta. Habrá que insistir.
Siempre he estado convencida de que los sitios hay que vivirlos, no importa a cuántos kilómetros se esté de casa o lo distinto que sea el entorno; creo firmemente en la integración como estrategia más útil, provechosa y, sin duda, inteligente. Tal vez no llegue al grado de perfección de mi amiga Maribel, que adoptó casa, coche y hasta madre de un amigo en su primer viaje a Conneticut, pero estoy en ello.
El trabajo ha sido más que intenso desde el primer día. Durante estas primeras semanas nos tienen en modo campo-de-concentración, con sesiones tras las que acabamos al borde de la muerte cerebral por exceso de información.
A pesar de lo apretado del horario, ya he conseguido escaparme un par de veces, una para visitar la oficina regional y la última ayer, para asistir a una conferencia. He admitir que me he sentido un poco Alfredo Landa, con la boina, la cesta y la gallina bajo el brazo (si acaso con un poco más de estilo ;-P), entrando en la Comisión, ese ente que desde provincias suena tan abstracto y lejano, pero que existe, tiene edificios, con personas dentro y todo, que se mueven, hablan y salen a fumar a la puerta, igualito que en España. No voy a describir mi torpeza extrema para encontrar la sala y un lugar donde sentarme, ni la conferencia, que tenía mucho blablabla y poca chicha. Después de todo, este pretende ser un rincón lúdico, aunque reconozco que tener al DG de investigación a escasos metros me ha impresionado un poco y su oratoria es mucho más cautivadora al natural que por videoconferencia.
A pesar de lo apretado del horario, ya he conseguido escaparme un par de veces, una para visitar la oficina regional y la última ayer, para asistir a una conferencia. He admitir que me he sentido un poco Alfredo Landa, con la boina, la cesta y la gallina bajo el brazo (si acaso con un poco más de estilo ;-P), entrando en la Comisión, ese ente que desde provincias suena tan abstracto y lejano, pero que existe, tiene edificios, con personas dentro y todo, que se mueven, hablan y salen a fumar a la puerta, igualito que en España. No voy a describir mi torpeza extrema para encontrar la sala y un lugar donde sentarme, ni la conferencia, que tenía mucho blablabla y poca chicha. Después de todo, este pretende ser un rincón lúdico, aunque reconozco que tener al DG de investigación a escasos metros me ha impresionado un poco y su oratoria es mucho más cautivadora al natural que por videoconferencia.
Al final de la jornada, ante la perspectiva de los veinte minutos de caminata que me separaban de casa, decidí probar suerte con el metro, pero la estación en obras y la ausencia de un plano en condiciones que me diese alguna pista sobre qué linea coger y dónde hacer el transbordo, me disuadieron de inmediato. Salí de nuevo a la calle con la intención de echar a andar, pero acabé cediendo a la tentación de uno de esos dispensadores de bicicletas municipales que abundan por la ciudad, para llegar a la conclusión, unos pocos cientos de metros más tarde, de que no había sido la mejor de las ideas. Un par de doloridas piernas lo confirmaron un rato después, cuando llegué a mi destino. Hasta el momento, he pasado más tiempo a pie que rodando sobre el carril bici, lo que no tampoco deja de tener su peligro.
Un par de apresurados recados más tarde, llegó lo que últimamente está suponiendo el primer momento de relax del día: un paseo con Musa por el barrio. En una esquina cercana, un chico con aspecto árabe que charlaba animadamente con otros dos amigos me pidió fuego para encender el cigarro que llevaba en la mano. Solamente un fumador sabe que infinitamente más dramático que estar sin tabaco es no tener con qué encenderlo, así que saqué la cajetilla y de ella el mechero, y se lo ofrecí. Encendió el pitillo y, mientras continuaba su conversación, extendió el brazo y me lo devolvió sin mirarme a la cara. Lo de dar las gracias lo consideraría un exceso. Además de un alarde de mala educación, su actitud me resultó tan humillante que según continuaba caminando por la calle, mi grado de indignación aumentaba de manera exponencial. A lo mejor es una suerte que no sepa insultar en francés, porque me habría metido en un problema..........


1 amigos han chafardeado sobre esto:
Yo me sentía igual de lost in translation en Marsella... pero allí eran todos muy solícitos jajaja
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